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Wan Jie: la llamada de Pekín

La memoria mundial del Mercado del Arte


Durante casi cuarenta años, Nadège y yo habíamos dedicado nuestra vida a reconstruir la memoria mundial del Mercado del Arte. Europa nos había transmitido sus archivos.

América nos había transmitido sus biografías. Creíamos haber llegado a una especie de equilibrio. Nos equivocábamos.

Una mañana sonó el teléfono. Unos días después me recibieron en la embajada de China. Esperaba un encuentro protocolario. En el curso de la conversación, mis interlocutores me dijeron que conocían Artprice, su reputación y su rigor documental.

Me plantearon una pregunta muy concreta: ¿qué lugar ocupaba ya el Mercado del Arte chino en la clasificación mundial?

¿Se había convertido China en la segunda potencia mundial del Mercado del Arte? ¿O era ya la primera?

Según me explicaron en aquel encuentro, querían que una entidad occidental independiente estudiase la cuestión con una metodología documentada. Comprendí de inmediato que ya no estábamos allí para vender una tecnología: se nos pedía que aplicáramos nuestro método de medición.

Entendí aquella iniciativa como la búsqueda de una mirada externa lo bastante independiente para que el resultado se pudiera debatir a partir de las cifras y del método, sin que lo decidiera una preferencia política o nacional.

Sentí entonces el peso de una enorme responsabilidad. Veía en aquel encuentro, más que una operación económica, un acto de confianza entre interlocutores procedentes de dos tradiciones culturales y documentales distintas.

Yo ya conocía China en profundidad. No solo por los libros. La había recorrido. La había observado. La había amado.

Había conocido una China todavía pobre. Una China de bicicletas. Una China en la que las carreteras eran aún, en ocasiones, simples caminos de tierra. Una China que todavía llevaba las cicatrices del siglo de la humillación, de las guerras del Opio, de las invasiones japonesas, de la Larga Marcha y de la Revolución Cultural.

También había seguido con pasión la obra de Deng Xiaoping. Para muchos occidentales fue sencillamente el dirigente de la apertura económica. A mis ojos representaba mucho más. Era el hombre que había comprendido que una civilización con varios milenios de historia podía incorporarse a la economía moderna sin renunciar a su identidad más profunda.

Desde la adolescencia leía cuanto caía en mis manos sobre China. Su historia. Su filosofía. Sus científicos. Sus ingenieros. Sus grandes proyectos. Sus rutas de la seda. Su programa espacial. Su renacimiento industrial.

Nunca miré a China con miedo. La miraba con curiosidad.

Creo que los responsables chinos lo comprendieron enseguida. Sabían que yo no venía a explicarles quiénes eran.

Venía, ante todo, a escucharlos.

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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