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Wan Jie: dos civilizaciones se reconocen

La memoria mundial del Mercado del Arte


Conocí a Wan Jie varios meses después de nuestros primeros intercambios. Ya conocía su obra. Conocía Artron. Conocía su papel en el renacimiento documental chino. Pero nada me preparaba realmente para el encuentro con el hombre. Desde el primer momento comprendí que no estaba ante un empresario en el sentido occidental de la palabra.

Tenía ante mí a un investigador.

A un ingeniero.

A un humanista.

La conversación abandonó muy pronto el terreno de los negocios. Hablamos de China. Largo y tendido. Le hablé de mis primeros viajes, de mis largas conversaciones con quienes habían vivido los últimos años de Mao y luego la apertura impulsada por Deng Xiaoping. De las rutas de la seda. Del pensamiento estratégico chino. De los grandes movimientos de población. De los equilibrios geopolíticos. De la historia a largo plazo.

Vi entonces asomar algo muy discreto a su rostro. Una expresión de sorpresa.

Me escuchó durante un buen rato. Después me preguntó, sencillamente:

—¿Cómo conoce tan bien China?

Le respondí que para amar a una civilización había una sola condición: aceptar primero estudiarla con humildad. Yo jamás había venido a China para explicarles China a los chinos. Había venido a aprender. Y seguía aprendiendo.

Creo que aquella respuesta fue el verdadero comienzo de nuestra relación. Desde ese instante éramos algo más que dos hombres que hablaban lenguas diferentes. Empezábamos a compartir una misma manera de mirar el tiempo.

Wan Jie comprendió también que yo no conocía China solo por los libros. Conocía sus costumbres. Sus ritos. Sus códigos. Sus silencios.

Sabía hasta qué punto la historia seguía presente en cada gesto contemporáneo. Conocía las distintas tradiciones. Las grandes fracturas. Las continuidades.

En mis conversaciones con Wan Jie y con otros interlocutores chinos había encontrado a menudo una manera de situar el presente en un tiempo histórico muy largo, a veces a escala de varias generaciones.

Hacía mucho que estaba impregnado de esa profundidad histórica. Y creo que eso lo tranquilizó. Comprendió que yo no había venido en busca de un mercado. Había venido al encuentro de una civilización.

Sin embargo, cuando Wan Jie vino después a Lyon, yo me hacía una pregunta.

¿Cómo recibiría la Demeure du Chaos?

Sabía que aquella obra podía desconcertar. Incluso en Europa. ¿Qué pensaría de ella un gran intelectual chino?

Enseguida descubrí que mi inquietud era infundada. Miraba de otra manera. Además de ver las esculturas, leía los símbolos. Reconoció de inmediato las referencias chinas diseminadas por toda la Demeure du Chaos.

Los pasajes de El arte de la guerra.

Las caligrafías.

Los retratos.

Las referencias históricas.

Luego se detuvo ante los nueve retratos de Xi Jinping.

Le expliqué que, en mi propia lectura del imaginario imperial chino, el número nueve y la repetición del retrato tenían una fuerza simbólica particular. No pretendía reproducir una regla iconográfica histórica, sino proponer una interpretación artística: varias imágenes casi iguales cuya repetición obliga precisamente a fijarse en las diferencias.

Una mirada.

Una sonrisa.

Un gesto grave.

Una variación ínfima.

Vi que sonreía. Había captado al instante el juego de referencias que yo le proponía. No hacía falta ningún comentario más.

Ya estábamos en un diálogo silencioso entre dos culturas.

Cuando nuestros intercambios se hicieron más regulares, Wan Jie abordó por fin la verdadera cuestión.

No era un contrato.

Ni una adquisición.

Ni siquiera una colaboración.

Era una pregunta. Una sola.

¿Se había convertido China en la primera potencia mundial del Mercado del Arte?

Comprendí enseguida que aquella pregunta trascendía con mucho el ámbito de Artprice. Desde hacía varios años, el mercado chino crecía de manera espectacular. Habían surgido cientos de casas de subastas. Miles de coleccionistas volvían la mirada hacia su propio patrimonio. Se inauguraban museos. El Mercado del Arte parecía cambiar de escala.

En mis conversaciones con Wan Jie comprendí que no se trataba de proclamar una posición en la clasificación, sino de determinarla con un método y unas cifras. Así entendía yo lo que se nos pedía: aplicar a China exactamente los mismos criterios que a los demás países, sin complacencia.

En aquel instante, esa responsabilidad adquirió una dimensión histórica.

Ya no se trataba solo de una clasificación. Se trataba de un hecho histórico.

Wan Jie me hizo entender entonces que aquella petición no pretendía halagar a Occidente. Respondía, por el contrario, a una concepción muy china de la legitimidad. En su manera de exponer las cosas, la legitimidad debía proceder de los hechos y del método, no de una proclamación.

Reconocí ahí una sabiduría muy antigua. La de dejar que el tiempo confirme lo que ya se intuye.

Aceptamos, pues, el encargo. Con una sola condición. La metodología sería exactamente la misma que para todos los demás países.

Ninguna excepción.

Ningún favor.

Ningún ajuste para obtener el resultado esperado.

Los mismos criterios.

Los mismos controles.

El mismo rigor.

La regla se aceptó de inmediato. Precisamente porque garantizaba la credibilidad de todo el trabajo.

Descubrí entonces otra China. La China de los ingenieros. De los estadísticos. De los económetras. De los responsables de las grandes casas de subastas. De las administraciones.

Todos trabajaban con una precisión que a veces me recordaba a los grandes laboratorios científicos. Los intercambios eran constantes. También las verificaciones. Cada dato se sometía a controles sucesivos.

Comprendí entonces que Wan Jie había construido en torno a Artron una organización impresionante. Reconocía en él la misma obsesión que en Enrique Mayer, Peter Hastings Falk o Thomas Bayer. Un dato tenía que ser exacto antes de publicarse.

La auditoría duró mucho tiempo.

Mucho más de lo que imaginan quienes hoy solo ven el resultado final.

Contrastábamos.

Verificábamos.

Volvíamos a calcular.

Comparábamos.

Las cifras chinas se iban incorporando a nuestra arquitectura mundial. Una cosa quedó clara. En 2010, China se convirtió efectivamente en la primera potencia mundial de las subastas de Fine Art, por delante de Estados Unidos y del Reino Unido. Los años siguientes confirmaron ese vuelco.

Lo publicamos. Sin especial entusiasmo. Sin triunfalismo. Sencillamente porque los datos lo demostraban.

Sabía, con todo, que aquella publicación tendría consecuencias considerables.

Y las tuvo. En todo el mundo.

Las grandes instituciones. Los economistas. Los historiadores. Los coleccionistas. Las casas de subastas.

Todos comprendieron que acababa de producirse un vuelco histórico. La geografía del Mercado del Arte acababa de cambiar.

Nunca olvidaré la reacción de Peter Hastings Falk.

Me llamó unos días después de la publicación. Unos responsables estadounidenses acababan de entrevistarse con él para entender cómo habíamos llegado a aquel resultado.

Con su humor habitual, me dijo:

—Parece que acabas de hundir la Quinta Flota en el Pacífico.

Sonreí. Comprendí de inmediato qué quería decir.

Y, sin embargo, lo único que habíamos hecho era nuestro trabajo. No habíamos proclamado un vencedor. Nos habíamos limitado a describir cómo estaban las cosas en el mundo.

Unos años después, la pandemia de covid trastocó profundamente la economía china. El Mercado del Arte se reorganizó. Nuestros cálculos mostraron entonces que China volvía a ocupar el segundo puesto.

También en aquella ocasión publicamos fielmente lo que habíamos constatado. Con el mismo método. La misma neutralidad. El mismo rigor. Precisamente esa continuidad dio credibilidad a nuestro trabajo.

No éramos abogados de China.

Ni de América.

Dábamos testimonio de una realidad documental.

Hoy, con la distancia de los años, veo qué buscaba de verdad Wan Jie cuando se acercó a nosotros. No buscaba la aprobación de Occidente. Buscaba un método universal. Uno lo bastante sólido para ser aceptado en Pekín igual que en Nueva York, Londres o París.

Comprendí entonces que nuestra alianza iba mucho más allá del Mercado del Arte. Demostraba que dos civilizaciones muy diferentes podían reconocer una misma verdad documental. Y creo que precisamente eso dio profundidad a nuestra relación.

No compartíamos la misma historia.

Compartíamos la misma exigencia de verdad.

Cuando hoy pienso en Wan Jie, veo mucho más que al presidente de Artron. Veo a un hombre que comprendió antes que muchos otros que el verdadero poder de una civilización no reside únicamente en su economía. Reside en su capacidad para preservar, comprender y transmitir su memoria.

Tal vez por eso nos entendimos tan bien.

Cada uno en su continente, nos dedicábamos exactamente al mismo trabajo. Y ese reconocimiento silencioso hizo que nuestra alianza fuera mucho más que una colaboración. Se convirtió en una comunidad de destino al servicio de la memoria mundial del Mercado del Arte.

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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