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Thomas Bayer: el continente americano

La memoria mundial del Mercado del Arte


Cuando por fin cobró ritmo el trabajo con el Mireur, comprendí que acabábamos de cruzar un umbral. Por primera vez dominábamos de verdad los fundamentos históricos del Mercado del Arte europeo.

Buena parte de la memoria documental del período comprendido entre 1700 y 1911 iba recobrando su unidad. Pero enseguida hubo que rendirse a la evidencia. El Mercado del Arte nunca había sido exclusivamente europeo. Desde el siglo XIX, otro continente había ido construyendo su propia memoria.

Estados Unidos.

Muy pronto comprendí que, si queríamos hablar con propiedad de una memoria mundial, teníamos que abandonar de una vez por todas la perspectiva exclusivamente europea.

Fue entonces cuando Thomas Bayer entró en nuestra historia. A primera vista, todo nos separaba. Él pertenecía al mundo universitario estadounidense. Era un investigador de un rigor extraordinario. Durante décadas había reconstruido con paciencia las antiguas adjudicaciones de las grandes casas de subastas anglosajonas. Su corpus abarcaba casi dos siglos de historia.

Cuarenta y dos mil resultados.

Noventa casas de subastas.

Un material documental excepcional.

Pero lo primero que me llamó la atención no fue la envergadura de su trabajo. Fue su método. Cada dato estaba verificado. Contrastado. Documentado.

Encontraba una vez más la misma exigencia intelectual. Solo con una condición se podía estudiar seriamente el Mercado del Arte. No sacrificar nunca la prueba.

Nuestros primeros intercambios fueron muy sencillos. A fin de cuentas, hablábamos más de investigación que de adquisiciones. Thomas Bayer quería comprender qué estábamos construyendo en realidad. Le expliqué que nuestro objetivo iba más allá de añadir un nuevo banco de datos a los ya existentes. Queríamos relacionar entre sí todas las memorias del Mercado del Arte. A medida que avanzaba la conversación volví a percibir algo que ya había observado en Enrique Mayer. Llegó un momento en que Thomas Bayer dejó de hablar únicamente de su trabajo y empezó a pensar en lo que este podría llegar a ser. Comprendió que sus cuarenta y dos mil resultados dejarían de estar aislados.

Iban a dialogar con el Mireur.

Con Mayer.

Y pronto, con las biografías estadounidenses, los catálogos, las firmas, los archivos y todas las demás capas documentales que íbamos reuniendo.

En aquel instante comprendí la verdadera fuerza de Artprice. Cada nuevo corpus aumentaba el valor de todos los anteriores. Ninguna adquisición quedaba aislada. Cada memoria venía a enriquecer a todas las demás.

Así adquirimos los trabajos de Thomas Bayer. De inmediato llenaron el vacío documental que separaba los grandes corpus europeos de la historia de las ventas anglosajonas.

Por primera vez se dibujaba una continuidad. El mercado dejaba de ser una yuxtaposición de bibliotecas nacionales. Iba convirtiéndose en una historia mundial.

Con la distancia de los años veo que Thomas Bayer nos aportó mucho más que cuarenta y dos mil adjudicaciones. Nos aportó una manera estadounidense de investigar.

Un rigor universitario.

Una precisión documental.

Un método de verificación constante.

Aquel encuentro confirmó una intuición que ya guiaba todas nuestras decisiones.

Nunca comprábamos solo datos.

Acogíamos formas de pensar.

Y cada una enriquecía la anterior.

Al despedirme de Thomas Bayer comprendí que el viaje apenas empezaba. Europa nos había transmitido su memoria. Ahora América iba a transmitirnos la suya.

Y otro nombre aparecía ya en todas las conversaciones.

Peter Hastings Falk.

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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