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Netnobility: la nobleza de la red

Las primeras máquinas


A fuerza de construir bancos de datos, sistemas telemáticos, arquitecturas de circulación y herramientas capaces de relacionar informaciones que hasta entonces se ignoraban mutuamente, comprendí al fin que la red iba más allá de la infraestructura técnica. Se volvía un espacio social. Un espacio político. Un espacio económico. Y, poco a poco, una nueva forma de organizar el poder.

Ahí nace en mí, ya a finales de la década de 1980 y de forma más elaborada a comienzos de la de 1990, la idea de Netnobility. La palabra podía sonar extraña. Lo era deliberadamente. Quería relacionar dos universos que parecían opuestos en todo: la red, forma horizontal, cambiante, distribuida; y la nobleza, forma histórica de legitimidad, jerarquía y transmisión.

Evidentemente, no pretendía crear otra aristocracia digital. Lo que deseaba nombrar era casi lo contrario: la posibilidad de que surgiera una nueva nobleza fundada, en vez de en la sangre, el territorio, la herencia o el título, en la capacidad de contribuir a una red, producir conocimiento, poner a los demás en relación y crear valor intelectual en un sistema distribuido.

La jerarquía tradicional dice quién es uno antes incluso de que haya actuado. La red, en cambio, puede obligarlo a demostrar qué aporta. Esa idea me interesaba profundamente.

Resonaba con todo lo que acabábamos de vivir. En la bolsa de cargas, el pequeño transportista podía acceder a una información hasta entonces más al alcance de las grandes empresas.

En el trabajo temporal, un industrial podía acceder directamente a profesionales cualificados repartidos por todo el territorio. En el Serveur Judiciaire, una información pública por ley podía volverse por fin realmente accesible al público. En el Serveur Administratif, el ciudadano podía empezar a consultar la norma sin poseer una biblioteca profesional.

Cada vez, la red acortaba una distancia. Y cuando se acortan las distancias, las antiguas jerarquías empiezan a desplazarse. No digo que desaparezcan. Se recomponen. Quien basaba su poder en controlar un paso puede perder parte de ese poder si se abren otros pasos. A quien poseía una información por encontrarse físicamente en el lugar adecuado puede hacerle la competencia alguien que sepa organizarla mejor en la red. La red, pues, no destruye la jerarquía: le exige otra justificación. Ahí veía aparecer una nueva forma de nobleza.

Una nobleza de la contribución. Una nobleza de la competencia. Una nobleza de la capacidad de relacionar. Empecé a trabajar muy pronto en esa palabra, Netnobility, antes incluso de que se impusiera la web tal como llegaría a conocerla el gran público.

Importa, porque mi reflexión no nació retrospectivamente, ante una Internet triunfante. Nació de las redes mismas, de la telemática, de la experiencia de Groupe Serveur, de los sistemas que construíamos y de cómo modificaban en la práctica las relaciones entre los actores.

Ya veía que la información dejaría poco a poco de circular solo de arriba abajo. El centro envía. La periferia recibe. Ese era el modelo clásico. La red introducía otra cosa. La periferia podía hablar. Los nodos podían relacionarse entre sí.

La información podía sortear el centro. Y, sobre todo, podían coexistir varios centros. La mutación era considerable. Afectaba a la empresa, los medios, la Administración, la cultura y la política. Acabaría por alcanzar la propia noción de autoridad. Por eso, ya desde la década de 1980, seguía con suma atención lo que ocurría en las redes. Los protocolos. Las primeras direcciones. Las lógicas de asignación de nombres. El DNS. La interconexión.

Aquel mundo me interpelaba profundamente porque hacía posible una arquitectura que se parecía cada vez más a lo que por intuición había buscado en todos nuestros bancos de datos: en vez de un único centro que concentrara toda la inteligencia, nodos conectados capaces de hacer circular una información que adquiría más sentido mediante la relación.

Trabajamos desde muy temprano con sistemas DNS multilingües, en una época en que la propia cuestión de cómo asignar nombres en las redes seguía muy abierta. Hoy un nombre de dominio parece casi trivial. Uno lo escribe. Llega a algún sitio. Pero detrás de esa sencillez se esconde una arquitectura política extraordinaria: ¿cómo llega a ser único un nombre en un espacio mundial? ¿Quién lo reconoce? ¿Quién lo traduce? ¿Quién decide sobre la raíz? ¿Cómo se incorporan distintos alfabetos al mismo sistema?

Estos problemas me apasionaban porque muestran que la red jamás puede separarse por completo del derecho y de la soberanía. Incluso una dirección tiene una política. Incluso un protocolo encierra una filosofía implícita. No es una cuestión meramente técnica. La técnica crea las condiciones en las que las personas pueden relacionarse. Y esas condiciones producen poderes.

También trabajamos con herramientas del tipo de NetScan, en la identificación y observación de redes, en arquitecturas con las que procurábamos comprender cómo circulaban los recursos y cómo podían reconocerse los sistemas entre sí.

También aquí conviene olvidarse de la Internet cómoda y casi invisible de hoy. Las redes eran territorios que explorar. Había que saber dónde estaban las máquinas. Cómo respondían. Qué protocolos hablaban. Qué rutas recorría la información. Yo lo vivía casi como una tarea cartográfica.

Los grandes exploradores habían cartografiado continentes. Nosotros empezábamos a cartografiar espacios lógicos. Y ya sabía que esos espacios se convertirían en territorios de poder. Una frontera digital no se parece a una terrestre. Puede atravesar un cable, un protocolo, una dirección, un sistema de cifrado, un acceso. Y, sin embargo, produce efectos políticos muy reales.

Decenios más tarde, esta intuición resultará evidente con las grandes murallas electrónicas, las soberanías digitales, las nubes nacionales, las infraestructuras críticas, las guerras cognitivas. Pero los primeros indicios estaban ya a la vista. La Internet naciente traía consigo una promesa extraordinaria de circulación. Y desde el origen planteaba también la cuestión de quién controlaría sus infraestructuras. Es ahí donde Netnobility se vuelve algo más que un concepto atractivo.

Yo pensaba la red como un organismo vivo. Un organismo no posee un solo punto de mando sencillo. Tiene órganos. Dependencias. Flujos. Sistemas de defensa. Capacidades de adaptación. Puede perder una parte y seguir viviendo. Puede aprender. Transformarse. Repararse. La visión me parecía infinitamente más fecunda que concebir una red como un conjunto de tuberías por las que viajan los datos.

Los datos eran la sangre. Pero la red era el cuerpo. Y un cuerpo produce su propia inteligencia mediante las relaciones entre sus partes. Vuelvo a encontrar aquí lo que luego se convertirá en mi pensamiento rizomático. El rizoma no es un árbol centralizado. Crece lateralmente. Genera múltiples puntos. Una parte puede desaparecer sin que por ello el conjunto deje necesariamente de existir.

Siempre me ha fascinado esa arquitectura porque resiste de forma natural a la destrucción de un centro. En el mundo industrial clásico, una organización puede depender muchísimo de su sede, de su fábrica principal o de su dirigente. La red permite distribuir. Crear redundancias. Inventar caminos secundarios. Más adelante encontraremos su traducción técnica en los centros de datos, las copias de seguridad, el reparto de carga y los sistemas autónomos.

Pero ya lo pensaba como una filosofía de la organización. Una inteligencia robusta no depende de un solo punto. Vale para una máquina. Una empresa. Una sociedad. Una familia. Una civilización.

Siempre he sentido una desconfianza casi instintiva hacia los puntos únicos de fallo. Un solo servidor. Una sola persona que posee todo el conocimiento. Un solo proveedor. Una sola fuente de información. Cada uno constituye una debilidad.

Nadège compartía plenamente esa obsesión en el funcionamiento cotidiano. Establecer redundancias. Documentar. Formar a varias personas. Prever el fallo. Saber cómo reanudar el servicio. Lo que yo formulaba como arquitectura de red se convertía con ella en un proceso de continuidad. Así se encontraban nuestras dos maneras de pensar. La red no es anárquica. Muchos cometerán ese error más tarde.

Una arquitectura distribuida no es una arquitectura sin reglas. Exige, por el contrario, gran cantidad de reglas.

Hay que compartir protocolos. Las identidades deben poder reconocerse. Los derechos de acceso han de organizarse. Los datos deben presentarse en formatos comprensibles. Ya lo habíamos aprendido con los bancos de datos.

La libre circulación solo es posible porque existe una gramática común.

Me encontraba casi con una vieja pregunta filosófica: ¿cómo producir más libertad sin producir más caos destructivo? La red daba una respuesta parcial. La libertad no procede de la ausencia de estructura.

Procede de una estructura lo bastante abierta para dar paso a varios caminos. Es muy distinto. Creo que esta distinción explica buena parte de mi pensamiento posterior sobre la Demeure du Chaos.

El visitante ve una apariencia de desorden. Pero detrás hay una organización sumamente precisa. La red funciona de la misma manera. Para quien no conoce sus protocolos, Internet se asemeja a una circulación infinita y espontánea. Detrás de esa apariencia existen capas, reglas, direcciones, normas, máquinas, enrutadores, infraestructuras físicas. El Caos aparente puede esconder una arquitectura de extremo rigor.

Esta idea recorre toda mi vida. Va de la red al derecho, del banco de datos a la Demeure du Chaos y hoy, a la inteligencia artificial. El modelo produce una respuesta de aparente fluidez. Detrás se encuentra una arquitectura computacional de inmensa complejidad.

La red me enseñó a buscar lo que resulta invisible cuando se utiliza.

Netnobility tenía también una dimensión profundamente política. Yo intuía que una red podía crear una nueva clase de actores que ya no se correspondería exactamente con las élites tradicionales.

Personas sin un capital industrial gigantesco podrían adquirir una influencia considerable gracias a su dominio de la información, su capacidad de programar, de reunir comunidades, de crear servicios. Desde entonces hemos visto aparecer esas fortunas, esas empresas y esas figuras que influyen a escala planetaria.

Pero en los años en que empecé a elaborar el concepto de Netnobility se trataba aún de una proyección. Sabía que quien ocupara una posición ventajosa en la red podría adquirir algún día un poder desproporcionado respecto de su tamaño físico.

Es precisamente una característica de las redes: producen efectos de escala. Un servicio puede nacer en una habitación y llegar después a millones de personas. Una idea puede circular sin que su autor posea una imprenta, un canal de televisión o una red de distribución. Era revolucionario. También peligroso. Porque una nobleza nueva puede reproducir muy pronto los defectos de la antigua. Puede cerrarse. Constituirse en oligarquía. Adueñarse de las infraestructuras. Convertir la contribución inicial en renta.

Era consciente, pues, de que Netnobility jamás debía convertirse en una justificación de la aristocracia tecnológica. La palabra «nobleza» debía conservar su dimensión de obligación. Históricamente, la nobleza va más allá del privilegio. También reivindica para sí un deber, una carga, una responsabilidad. Nobleza obliga. Eso era precisamente lo que quería recuperar.

Si la red confiere un nuevo poder, ese poder debe traer consigo una responsabilidad nueva. Quien tiene capacidad para llegar a varios millones de personas no puede, moralmente, comportarse como si hablara en una habitación vacía. Quien organiza un banco mundial de datos tiene una responsabilidad hacia aquellos cuya memoria estructura. Quien construye una infraestructura se hace, en parte, responsable de sus posibles usos.

La cuestión se vuelve central hoy con las grandes plataformas y la inteligencia artificial. Pero ya estaba contenida en Netnobility. El poder de la red debe ir acompañado de una ética de la red. Sin ella, la nobleza se convierte simplemente en dominación. Sabía también que la propia identidad iba a cambiar.

En el mundo físico, la identidad está fuertemente ligada al territorio. Dirección. Nacionalidad. Institución. En la red, una persona puede existir con una identidad que circule independientemente de su ubicación. Esto abre posibilidades inmensas. Pero plantea también la cuestión de la confianza.

¿Quién habla en realidad? ¿Cómo verificarlo? ¿Cómo firmar? ¿Cómo evitar la suplantación de una identidad?

Los problemas que hoy consideramos acuciantes estaban ya allí en germen. La red amplía la circulación, pero obliga a reconstruir la confianza de otra manera. En el mundo físico, una institución suele aportar parte de esa confianza: el papel con membrete, la firma, el sello, el lugar.

En la red, hay que inventar nuevos equivalentes.

Autenticación. Cifrado. Firma electrónica. Procedencia. Reputación. Creo que toda la economía digital se puede leer como un intento de resolver este problema: ¿cómo confiar a distancia?

Groupe Serveur ya estaba en el corazón de esa cuestión. La información jurídica que difundíamos tenía que ser fiable. Un dato falso podía tener consecuencias concretas. Había que calificar la fuente. Conservar el rastro. Establecer derechos de acceso.

Aprendíamos que la confianza digital no descansa en una fe vaga en la máquina. Descansa en una arquitectura de pruebas. Es una idea que volverá a ocupar el centro de mi reflexión sobre el mundo sintético y la crisis de la prueba.

Cuanto más fácil se vuelve fabricar contenidos, mayor importancia adquiere la cadena de procedencia. Así, Netnobility ya contenía el germen de una filosofía de la confianza digital. Pero yo no miraba solo lo que ocurría fuera, en Internet.

También desarrollábamos nuestros propios sistemas autónomos y deterministas. Utilizo aquí la palabra «autónomo» en su sentido informático, sin darle el peso filosófico que más adelante le daremos en nuestro diálogo sobre la inteligencia artificial.

Un sistema podía detectar determinadas situaciones y reaccionar conforme a reglas predefinidas sin esperar a que una persona le diera cada instrucción. Supervisión. Reparto. Reinicio. Enrutamiento. Los automatismos permitían a la infraestructura mantener su estado. Eso me interesaba muchísimo.

También aquí la máquina dejaba de ser una herramienta inerte a la espera de una orden. Empezaba a tener comportamientos condicionales. Si ocurre esto, haz aquello. Si falla este recurso, pasa a este otro. Si la carga supera este umbral, repártela. Aún no era la IA contemporánea. Pero ya delegábamos por primera vez parte del mantenimiento del sistema. Y toda delegación plantea una pregunta:

¿Hasta dónde dejar que la máquina actúe sola?

La pregunta recorre toda mi trayectoria.

En los sistemas deterministas conocíamos las reglas. Las habíamos escrito. La auditoría seguía siendo relativamente sencilla. Una condición daba lugar a una acción. Más adelante, con los sistemas estadísticos y los modelos contemporáneos, la relación se volverá mucho más compleja. Pero mi necesidad de comprender las reglas viene en parte de ahí.

Nunca me ha gustado la magia informática. Una máquina que funciona sin que nadie sepa por qué me parece peligrosa, aun cuando funcione bien.

Hay que poder volver a la arquitectura. Esa disciplina explica, probablemente, por qué la inteligencia artificial me fascina y a la vez me inspira cautela. Jamás niego su potencia. Siempre pregunto: ¿qué dato?, ¿qué arquitectura?, ¿qué sesgo?, ¿qué responsabilidad?

Hablan a un tiempo el jurista y el informático.

Netnobility marcó también un cambio en mi representación del tiempo. Las instituciones tradicionales cambian con relativa lentitud. La red puede evolucionar a una velocidad espectacular.

Una norma técnica nueva puede difundirse por el mundo entero en pocos años. Una empresa que no existía puede convertirse en pieza central. Una comunidad puede surgir, crear sus propios usos y después desaparecer. El poder se vuelve más móvil.

Esto exige otra capacidad: la mutación.

Ya empezaba a formular aquella convicción que repetiría después de forma más tajante: solo los mutantes sobreviven.

Con eso no me refiero a los más fuertes. Hablo de quienes saben cambiar de forma cuando cambia el entorno sin perder su identidad profunda. Una empresa que rechaza la red porque ha tenido éxito en el papel puede desaparecer. Un editor que considera la telemática un peligro puede quedarse atrás. Una institución que se niega a hacer accesibles sus datos corre el riesgo de perder la confianza.

Sobrevivir pasa a ser una cuestión de capacidad de transformación.

Esa palabra, «transformación», nos lleva a una pregunta más profunda. Todo lo que hemos construido hasta aquí —el transporte de mercancías, las imágenes, Groupe Serveur, el mundo judicial, Europa, el Estado, el derecho, la red— todavía podría entenderse como una historia de empresas y tecnologías. Sería insuficiente.

Detrás de esas empresas se dibuja una forma mental. Empiezo a percibir el mundo como una sucesión de estructuras que deben aprender a absorber las transformaciones sin disolverse.

La red como organismo vivo. La información como ADN. La empresa como estructura que muta. Y una pregunta que termina por trascender ampliamente la informática:

¿Cómo absorber el fuego del cambio sin dejar de ser lo que uno es?

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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