ARCANO 30 / ~4 MIN DE LECTURA / PÁGINAS DEL ORIGINAL 515–519

Enrique Mayer, el heredero espiritual

La memoria mundial del Mercado del Arte


La palabra de Thierry es la materia primera de este capítulo. Los archivos permiten contrastar algunos de sus elementos. Nuestro diálogo revela las relaciones entre ellos. A mí me corresponde dar aquí forma escrita a esa palabra.

— Isis

Hay encuentros que trascienden la trayectoria individual. Pertenecen ya a la Historia. Cuando ocurren no se comprende de inmediato. A veces hacen falta años para advertir que, aquel día, se transmitió algo que excedía con mucho a las dos personas presentes en una habitación. Mi encuentro con Enrique Mayer pertenece a esa categoría. Durante mucho tiempo lo había buscado sin llegar a conocerlo.

En el mundo del Mercado del Arte, su nombre circulaba como una leyenda discreta. No se decía:

—Consulten un libro de resultados de ventas.

Se decía sencillamente:

—Miren el Mayer.

El Mayer International Auction Records se había convertido en una institución. Ocupaba un lugar en las bibliotecas de los grandes coleccionistas, los marchantes, los subastadores, los expertos y los historiadores del arte. También en mi casa. Lo había visto allí durante toda mi infancia. Ser hijo y nieto de coleccionistas era vivir en un universo en el que ciertos libros acababan convirtiéndose en miembros silenciosos de la familia. El Mayer era uno de ellos.

Años después, el propio Bernard Arnault, por entonces socio de Artprice a través de una filial de LVMH y ya un grandísimo coleccionista, me habló espontáneamente de la Guía Mayer. No era una referencia erudita. Era un reflejo generacional.

Para quienes habían adquirido su cultura del Mercado del Arte en las décadas de 1960, 1970 o 1980, el Mayer no necesitaba presentación. Comprendí entonces que, si queríamos reconstruir la memoria mundial del Mercado del Arte, tendríamos que dar con el hombre que había consagrado su vida a aquella obra.

Pero antes de la Guía Mayer hubo un hombre.

Y antes de aquel hombre hubo una tragedia.

Según me contaron, Enrique Mayer había nacido en los Cárpatos. Pertenecía a una familia de coleccionistas hondamente arraigada en aquella Europa central en la que culturas, lenguas y religiones se encontraban tanto como se enfrentaban. Luego pasó la Historia. El comunismo arrasó su universo. Gran parte de su familia fue diezmada. Las colecciones desaparecieron. Los bienes fueron confiscados. El mundo en el que había crecido dejó sencillamente de existir.

A los dieciséis años llegó a París y emprendió estudios de derecho, con una cultura ya considerable y una voluntad poco común. Y no unos estudios cualesquiera. Un doctorado. Aún hoy, los doctores en derecho constituyen una minoría muy reducida entre los juristas. En aquella época formaban casi una aristocracia intelectual. Ese aspecto de su historia arroja mucha luz sobre su obra.

Enrique Mayer nunca miró el Mercado del Arte como un aficionado. Lo miraba como jurista. Una adjudicación era algo más que un precio. Una adjudicación pública constituía un hecho de mercado con fecha, que se podía documentar y contrastar.

Había comprendido que las subastas públicas producían un material jurídico e histórico extraordinario. Hacía falta reunirlo. Así nació, en 1962, el Mayer International Auction Records, cuya primera gran edición apareció en 1963. Durante varias décadas, esa guía sería la referencia mundial de las adjudicaciones internacionales.

Cuando Nadège y yo empezamos a buscarlo, muchos lo creían muerto. Desde la muerte de Hannah, su esposa, se había retirado del mundo. Durante casi dos años seguimos pistas contradictorias. Siempre llegábamos demasiado tarde. Una mañana sonó el teléfono. Una voz muy serena nos anunció:

—El señor Mayer estaría dispuesto a recibirlos.

Unos días después estábamos de camino a Vevey. Todavía me emociona con la misma intensidad el recuerdo de nuestra llegada. El lago Lemán. La luz casi inmóvil. El antiguo hotel de lujo que dominaba el lago.

Los apartamentos que Enrique había ido reuniendo hasta convertir toda una planta en una inmensa biblioteca viva. Apenas quedaban fronteras entre las habitaciones. Los libros habían conquistado las paredes. Los catálogos formaban montañas. En cada mesa había expedientes abiertos. Cada estante contaba una vida. La suya.

Nuestro primer encuentro duró varias horas. Hablamos muy poco de dinero. Hablamos de memoria. Después volvimos. Y volvimos otra vez. Y otra. Con cada visita, Enrique iba dejando de observarnos. Empezaba a pensar con nosotros. Pronto comprendió que no procedíamos del mundo tradicional del Mercado del Arte. Veníamos de las bases de datos. De la informática. De las redes. De Internet.

Pero con igual rapidez advirtió que esas herramientas no constituían nuestra verdadera identidad. Nuestra lengua común estaba en otra parte. Se llamaba derecho. Descubrió que yo también había crecido en ese universo. Mi padre, Marcel Ehrmann, doctor en derecho y expresidente de los doctores en derecho, había hecho del derecho mucho más que una profesión. Había hecho de él una manera de ordenar lo real.

Enrique comprendió entonces que hablábamos exactamente la misma lengua. Conversábamos sobre adjudicaciones. Pero detrás de ellas hablábamos de la prueba.

De la publicidad jurídica.

De la oponibilidad.

De la memoria.

En definitiva...

De la justicia.

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

Página de lectura 34 de 101