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Cuando la información se convierte en materia

Las primeras máquinas


Volvamos ahora al hilo cronológico. En 1985, aún no tenía las palabras que utilizaría hoy para contar lo que estaba sucediendo. No hablaba de economía de los datos, de plataforma, de desintermediación, de mercado algorítmico ni de infraestructura informacional. Parte de ese vocabulario sencillamente no existía.

Sin embargo, algo ya estaba ahí. Una intuición extremadamente física: cuando una información circula mal, los hombres trabajan más, las máquinas funcionan inútilmente, se recorren kilómetros en vacío, el dinero desaparece y quienes poseen la información conservan una ventaja que los demás ni siquiera pueden medir.

Así pues, no entré en la informática porque me gustaran los ordenadores. Entré porque había comprendido que la propia información podía convertirse en una materia sobre la que actuar. Había que recogerla allí donde estaba dispersa, estructurarla, transmitirla más deprisa y luego observar qué cambiaba esa nueva circulación en el mundo real.

La bolsa electrónica de cargas, que nos devuelve a 1985, pertenece a ese momento fundacional. Al principio, describir el problema era casi trivial.

Cientos de miles de camiones atravesaban Francia cada día. Los grandes transportistas ya disponían de organizaciones sofisticadas, de redes internas, de clientes habituales que les encargaban transportes. Sabían optimizar mucho mejor sus flujos.

Pero varias decenas de miles de pequeños transportistas, a veces hombres solos con su camión, vivían otra realidad. Bajaban cargados y volvían a subir en vacío. O al revés. Podían recorrer cientos de kilómetros sin carga simplemente porque la información que les habría permitido encontrar a un cargador situado en su trayecto no les llegaba en el momento oportuno.

Eso era lo que me interesaba. El camión no era el problema. El conductor no era el problema. La mercancía tampoco. El problema era la falta de relación entre dos informaciones que ya existían: aquí, alguien necesitaba transportar algo; allí, alguien tenía un camión disponible.

Entre ambos, el vacío informacional producía vacío físico. Un camión vacío. Combustible quemado para nada. Horas de trabajo perdidas. Un margen destruido. Una carretera congestionada sin la correspondiente producción económica.

Veía a esos transportistas como presidiarios condenados a trabajos forzados. La palabra se me quedó grabada. Aquellos hombres podían trabajar quince horas, dormir en sus cabinas, devorar miles de kilómetros y seguir siendo, pese a todo, económicamente frágiles porque no disponían de información de la misma calidad que las grandes estructuras.

Ya había ahí algo que se convertiría en una constante a lo largo de toda mi vida: la informática me interesaba cuando podía reducir una asimetría. Una asimetría económica. Una asimetría geográfica. Más tarde, una asimetría jurídica. Después, una asimetría histórica en el Mercado del Arte.

Pero en 1985 aún no tenía esa visión retrospectiva. Solo veía un problema concreto y una posibilidad nueva. Hacer circular la información lo bastante deprisa para que la oferta encontrara a la demanda antes de que el camión hubiera vuelto a partir. Era ya la lógica de un mercado electrónico antes de que la expresión se volviera corriente.

Yo no transportaba nada. No me convertía en transportista. No compraba camiones. Construía un espacio de información que permitía encontrarse directamente a quienes necesitaban un transporte y a quienes tenían capacidad disponible.

La bolsa de cargas fue menos una empresa de transporte que un sistema destinado a reducir una asimetría económica mediante la puesta en contacto por medios electrónicos.

Ese vuelco puede parecer evidente hoy porque vivimos rodeados de plataformas. El teléfono que llevamos en el bolsillo conoce nuestra posición, reúne la oferta, compara los precios, pone en contacto a desconocidos y actualiza la disponibilidad casi en tiempo real. En 1985 nada de eso resultaba natural. Había que pensarlo todo desde un mundo que seguía siendo en gran medida analógico.

La telemática francesa nos daba, sin embargo, una ventaja extraordinaria: el Minitel. Francia llevaba en ese terreno una delantera que a menudo se subestimaría tras la llegada de Internet. Para toda una generación, el Minitel fue una escuela de conexión. Enseñaba a los franceses que la información podía dejar de estar encerrada en un libro, un directorio o un fichero local. Se podía acceder a ella a distancia. Consultarla. Actualizarla. Y, sobre todo, podía ser distinta a la mañana siguiente de lo que era aquella noche.

Esa noción de actualización permanente era una revolución conceptual. El papel nos había acostumbrado a la edición. Una edición aparece y luego envejece. El banco de datos telemático introducía otra cosa: el conocimiento como flujo. Comprendí inmediatamente la diferencia.

Cuando la información se convierte en flujo, quien la estructura deja de ser un simple editor. Construye un sistema vivo. Debe saber qué entra, de dónde viene, cómo se transforma, cómo lo encuentra el usuario y durante cuánto tiempo sigue siendo pertinente esa información.

La bolsa de cargas era un laboratorio ideal para comprender esa nueva temporalidad porque allí el valor de la información desaparecía con suma rapidez. Una oferta de carga en Marsella para un camión que sube hacia Lyon no vale lo mismo cuatro horas después si el camión ya ha partido. Un espacio disponible hoy puede ser inútil mañana.

A diferencia de la jurisprudencia o de un resultado de subasta, que pueden adquirir un valor histórico, la carga es un dato perecedero.

Había que empezar, por tanto, a pensar el tiempo propio de cada dato. Ese descubrimiento cambiaba nuestra manera de tratar los datos. No toda la información envejece del mismo modo. Hay información que debe conservarse para siempre. Otra debe sustituirse continuamente. Hay información que tiene valor durante varias décadas. Otra, durante unas horas.

Volveremos a encontrar esa distinción en todos los bancos de datos que construyamos después. Pero aquí se aprende en la urgencia de lo real. El camión espera. O, mejor dicho, no espera. Si su sistema es demasiado lento, el mundo físico sigue adelante sin ustedes. El dato se vuelve entonces inútil incluso antes de haber sido tratado correctamente.

Eso explica en parte mi obsesión por la velocidad, la potencia de las máquinas, los tiempos de respuesta y la capacidad de soportar una carga creciente. La velocidad no era para mí un fetiche tecnológico. Era un componente del sentido. Una información que llega después de la decisión que debía permitir ya no es realmente una información operativa. Se convierte en archivo.

Empezamos, pues, a trabajar en máquinas, redes y arquitecturas capaces de hacer circular esa materia nueva. Había que aprender todo lo que nadie les enseña cuando los propios oficios están naciendo.

Cómo introducir los datos rápidamente.

Cómo evitar los duplicados.

Cómo identificar a un transportista.

Cómo caracterizar un trayecto.

Cómo codificar un punto de partida y un punto de llegada.

Cómo tratar los horarios.

Cómo vincular una carga con una capacidad.

Cómo evitar que siga ofreciéndose una información ya obsoleta.

Cómo proteger los accesos.

Cómo conseguir que un sistema no se vuelva inutilizable precisamente cuando muchas personas empiezan a usarlo.

Cada problema técnico ocultaba en realidad una cuestión de estructura. Ahí es donde mi pensamiento empieza a desplazarse. Ya no veía simplemente información. Veía objetos y las relaciones entre ellos. Un transportista, un camión, una ciudad, una mercancía. Una disponibilidad, una dirección, un plazo, una tarifa.

El sistema debía comprender suficientemente esos objetos para poder establecer las relaciones adecuadas. Así pues, un banco de datos ya no era para mí un gran almacén digital. Era una geometría. Había que construir el espacio en el que la información pudiera encontrarse.

Eso es lo que seguiremos haciendo durante quince años en universos aparentemente inconexos. El empleo. El derecho. Los anuncios legales. La Administración. Las ventas judiciales. Internet. Después, Artprice.

Con la perspectiva del tiempo, veo repetirse un mismo esquema con una regularidad casi inquietante: identificar un sector donde la información está fragmentada. Comprender la asimetría que produce esa fragmentación. Crear un banco de datos. Normalizar la información. Conectar directamente a los actores. Dejar que esa nueva circulación modifique el mercado.

En aquella época no lo teorizaba así. Trabajaba. Probaba. Observaba dónde fallaba el sistema. Intentaba comprender por qué. Esa dimensión empírica regía todo mi método. Siempre he tenido capacidad para proyectarme lejos, pero no creo en las visiones que permanecen limpias porque nunca han tocado lo real. Lo real ensucia los conceptos. Es algo bueno. Obliga a descubrir lo que no habíamos previsto.

La bolsa de cargas me enseñó que la circulación de una información podía tener un efecto económico inmediato. También me enseñó que, cuando ustedes reducen una asimetría, modifican necesariamente una relación de poder.

Las bolsas de cargas regionales, los intermediarios tradicionales y las redes establecidas tenían su utilidad, sus hábitos y su economía. La puesta en contacto directa por medios electrónicos podía hacer que una parte de ese funcionamiento fuera siendo cada vez menos necesaria.

No quiero escribir retrospectivamente que yo solo hubiera eliminado las antiguas bolsas de cargas. Sería demasiado simplista desde el punto de vista histórico. La evolución general de las tecnologías y del mercado contribuyó, evidentemente, a su transformación. Pero nuestra plataforma demostraba de manera concreta que la circulación electrónica podía ser más rápida, más amplia y más eficaz que ciertos modelos regionales tradicionales.

Y ahí comienza un aprendizaje que me acompañará a todas partes: una innovación tecnológica no se enfrenta solo a problemas técnicos. Se enfrenta a intereses.

Quien se beneficia de una información escasa no siempre recibe con entusiasmo a quien la hace accesible. Quien tiene por función poner en contacto a dos actores no ve necesariamente como un progreso una máquina que empieza a realizar directamente una parte de esa puesta en contacto.

Sin embargo, yo no tenía ninguna vocación de matar a los intermediarios. Ese vocabulario de guerra económica es demasiado pobre. La verdadera pregunta era siempre la misma:

¿Qué valor aporta el intermediario cuando la información circula de otra manera?

Si aporta conocimientos especializados, asesoramiento, confianza y responsabilidad, su función perdura. Si su única ventaja es el control del acceso, la tecnología probablemente acabará por desplazar esa ventaja.

Volví a encontrar exactamente ese fenómeno con los editores jurídicos. Después, en las ventas judiciales. Después, en el Mercado del Arte. La bolsa de cargas fue una de sus primeras manifestaciones. Sobre todo, me enseñó a mirar los datos como una materia económica. Digo bien: una materia. Porque tiene propiedades. Puede ser escasa o abundante. Reciente u obsoleta. Verificada o dudosa. Local o nacional. Privada o pública. Fácil de reproducir, pero costosa de estructurar.

Un dato en bruto casi nunca es el producto acabado. El valor reside en el trabajo que permite darle un lugar, una temporalidad y una relación con otros datos. Esa es la idea que después se industrializará en Groupe Serveur.

Pero antes de Groupe Serveur hacía falta ese período casi primitivo en el que cada problema obligaba a inventar una manera de pensar. Estábamos en la época de las primeras máquinas, en el sentido casi carnal del término. La informática aún no era transparente.

Las máquinas tenían presencia. Ocupaban espacios. Se calentaban. Se averiaban. La capacidad de almacenamiento era preciosa. Las velocidades de transmisión eran minúsculas comparadas con las actuales. Había que conocer la máquina para exigirle mucho.

Esa proximidad física probablemente me evitó un error que veo a menudo hoy: creer que lo digital es inmaterial. Nada es inmaterial.

Detrás de una información que aparece instantáneamente en una pantalla existen infraestructuras, energía, protocolos, hombres, programas, procedimientos. La desmaterialización nunca elimina la materia. Desplaza la materia. Y crea una materia nueva: el dato.

Esta formulación puede parecer paradójica. Sin embargo, es exactamente la que corresponde a mi experiencia. A partir de aquellos años empiezo a trabajar la información como más tarde trabajaré el hierro y el acero. Busco su estructura. Su resistencia. Sus posibles ensamblajes.

Un dato mal caracterizado es como una pieza metálica mal mecanizada: contamina todo el montaje. Una categoría mal construida produce errores a gran escala. Un duplicado puede modificar un cálculo. Una temporalidad inadecuada puede volver falsa una información.

Hace falta, por tanto, una precisión que nada tiene que ver con la imagen romántica de Internet como espacio sin restricciones. Es una industria. La gran suerte de aquel período fue haber tenido que aprender la industria de los datos antes de que la palabra se pusiera de moda.

Aún no teníamos Artprice. Aún no teníamos Groupe Serveur en su forma futura. Aún no teníamos el Serveur Judiciaire. Pero se estaba formando una disciplina. Recopilar. Caracterizar.

Normalizar. Distribuir. Actualizar. Mantener la máquina en funcionamiento. Y observar siempre lo que la nueva circulación de la información producía en el mundo físico.

No me interesaba una demostración informática que funcionara ante tres ingenieros. Quería que el camión dejara de regresar de vacío. Esa frase quizá lo resume todo. La tecnología debía producir una consecuencia humana medible. Menos kilómetros inútiles. Un mejor uso de la herramienta de trabajo. Más acceso a los mercados para el pequeño transportista. Una reducción de la ventaja de quien era el único que conocía la información.

Ahí fue donde la informática se convirtió para mí en una forma de acción política en el sentido más amplio: no la política de los partidos, sino la modificación del reparto concreto de las posibilidades. Dar una información a alguien es a veces darle un poder que no tenía. Esta concepción de la información como poder ya no me abandonará.

El Minitel la amplificará. Los bancos de datos jurídicos la amplificarán aún más. Artprice hará de ella una doctrina mundial. Internet transformará la escala. Y la inteligencia artificial, cuarenta años después, planteará exactamente la misma pregunta con una potencia infinitamente superior:

¿Quién puede acceder a qué conocimiento, con qué profundidad y a qué velocidad?

Pero en 1985 todo eso cabe aún en una escena mucho más sencilla. Un camión circula. En algún lugar lo espera una carga. No se encuentran porque la información no circula. Contemplo ese absurdo y comprendo que ahí hay un problema que la máquina puede resolver.

Es el comienzo. No el comienzo de mi interés por la tecnología. Algo más profundo. El comienzo de una convicción que organizará todo lo que venga después: cuando la información empieza a estructurarse y a ponerse en movimiento, deja de ser un simple saber. Se convierte en una fuerza que actúa. Se convierte en materia.

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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