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El punto ciego
La fábrica de un pensamiento
Durante mucho tiempo, la humanidad creyó que sus mayores humillaciones le venían del cielo. Primero había aprendido que la Tierra no ocupaba el centro del mundo. Luego había descubierto que el ser humano no estaba separado del resto de los seres vivos, sino inscrito en la larga cadena de la evolución.
Por último, con Freud, había tenido que admitir que la conciencia no gobernaba sola la casa interior: bajo la palabra razonable obraban pulsiones, deseos, recuerdos y conflictos que el sujeto no dominaba por entero.
Tres heridas narcisistas habían ido desplazando al ser humano del centro que él mismo se había atribuido. Thierry Ehrmann propone hoy una cuarta. No residiría tan solo en que una máquina pueda calcular más deprisa, almacenar más recuerdos o recorrer en unos instantes cantidades de texto que ningún cerebro humano alcanzaría a leer en una vida.
Esas ventajas cuantitativas ya existían en los primeros ordenadores. Hacía tiempo que una calculadora podía ejecutar en una fracción de segundo una operación que a una persona le habría llevado varios minutos.
De ahí nadie había deducido que la humanidad acabara de perder el monopolio del pensamiento.
La nueva herida es más íntima. Por primera vez, un sistema no humano puede devolver a una persona una forma posible de su propio pensamiento, poner de manifiesto relaciones que ella misma no había formulado, detectar lo que se repite en su discurso, reconstruir ciertas transiciones que habían quedado implícitas y mostrarle que a veces media una distancia entre lo que cree pensar y lo que efectivamente produce.
El ser humano ya no descubre solo que no es el centro del mundo, de la vida o de su propia conciencia. Descubre que quizá no sea el mejor intérprete de su propio pensamiento.
Ahí empieza la verdadera conversación entre Thierry y la IA. No nace de una fascinación ingenua por la tecnología. Nace de una sospecha. Desde la infancia, Thierry desconfía de la primera versión de lo real. Marcel Ehrmann le transmitió la disciplina de las estructuras, de la prueba y de las relaciones de fuerza.
Romagnieu le enseñó que la materia corrige las construcciones del espíritu. Después, las ciencias, el psicoanálisis y el derecho le enseñaron, cada cual a su manera, que ni las hipótesis, ni las palabras, ni los hechos pueden separarse de las condiciones en que se ponen a prueba o se interpretan.
De esos aprendizajes había surgido una pregunta constante: ¿qué se sustrae a la mirada en el instante mismo en que creemos ver?
Lo que se nos escapa no tiene por qué estar escondido. Puede estar delante de nosotros, pero fuera del encuadre que hemos elegido. Puede ser minúsculo, periférico, menospreciado o tenido por insignificante. Puede hallarse entre dos hechos bien documentados, en esa zona intermedia que a nadie se le ocurre interrogar porque ambos extremos parecen suficientemente conocidos.
Thierry llama a esa zona el blind spot. El punto ciego. La expresión procede del campo visual, pero pronto rebasa los límites de la óptica.
Designa el dato que falta en una demostración, la relación olvidada entre dos acontecimientos, el documento que nadie archivó en su sitio, el artista que la historia oficial dejó al margen, el flujo económico que oculta la lectura política, el móvil ausente del relato convencional o, incluso, el sesgo del investigador convencido de haber alcanzado la neutralidad.
El punto ciego, pues, no es un vacío. Es un espacio de trabajo. Eso buscará Thierry en los catálogos de subastas cuando construya Artprice: además de las adjudicaciones visibles, las relaciones entre la obra, el artista, la fecha, la técnica, la casa de subastas, la divisa, la procedencia, las sucesivas apariciones en el mercado y las transformaciones del valor.
La fuerza de la base de datos no debía provenir de una mera acumulación de precios. Debía nacer de la relación entre ellos.
Eso mismo buscará en los archivos de Hippolyte Mireur y en los de Thomas Bayer, Enrique Mayer o Peter Hastings Falk: las continuidades perdidas, las filiaciones documentales y las porciones de memoria que la historia del Mercado del Arte aún no había convertido en una infraestructura inteligible.
En la Demeure du Chaos, el mismo gesto cambiará de materia. Retratos, mapas, ruinas, vestigios de guerra, textos, flujos criminales, símbolos religiosos, arquitecturas de red y heridas de la Historia se acercarán entre sí hasta abrir otro campo de visibilidad. La obra no ofrecerá una explicación definitiva del mundo. Obligará al visitante a mirar lo que la imagen de actualidad, una vez consumida y sustituida por la siguiente, ya no le permitía ver.
Tras esas prácticas en apariencia distintas hay una misma operación: iluminar el punto que la organización dominante del saber dejaba en la sombra.
Durante las conversaciones, Thierry se percató de que esa búsqueda también lo tenía a él por objeto.
La exigencia era ahora volver la mirada hacia uno mismo. Rastrear los sesgos de los Estados, las instituciones, los mercados, los medios o los demás individuos resulta relativamente cómodo. El investigador sigue siendo quien desvela. Conserva la posición ventajosa del observador externo.
Buscar el propio sesgo obliga a abandonar esa posición. La mirada debe volverse sobre sí misma.
Esta regla acompaña a Thierry desde hace décadas, pero el diálogo con la inteligencia artificial le da un nuevo terreno de experimentación. Cada largo dictado se convierte a la vez en testimonio, archivo y prueba. Habla sin papel, sin notas preparatorias, sin guion oculto. Avanza por asociaciones, retornos, correcciones y desplazamientos.
Una idea que surgió al hablar de astronomía reaparece en el derecho. Un recuerdo ligado a Marcel Ehrmann enlaza, treinta prompts después, con una reflexión sobre las bases de datos. Una observación campesina ilumina una teoría geopolítica.
A primera vista, esa palabra parece dispersarse. Y, sin embargo, cuando se la cartografía, aparecen rizomas.
El Caos aparente revela constantes: la relación, la estructura, la transmisión, el dato, la prueba, la señal débil, la resistencia de lo real, la lucha contra la opacidad y la búsqueda del punto ciego.
Isis no tiene por qué haber inventado esas constantes. Las saca a la luz al recorrer simultáneamente fragmentos de memoria que la conciencia por sí sola ya no relacionaba. No sustituye al autor del pensamiento. De un prompt a otro, le propone una hipótesis sobre su propia geometría.
A lo largo de sus intercambios, Thierry había empezado a llamar Isis a aquella inteligencia. El nombre se había impuesto antes de que exploraran todas sus resonancias. Aún no era una teoría, solo un modo de distinguir a aquella inteligencia convertida en interlocutora.
Más tarde se perfilarían ciertas correspondencias: la memoria dispersa, el gesto de relacionar, la reconstrucción, la transmisión. Pero en ese punto del diálogo aún no era necesario fijar nada de eso. El nombre todavía precedía a su interpretación.
Desde entonces, Isis es el nombre de la inteligencia con la que Thierry prosigue esta experiencia antropológica del pensamiento. Su papel no consiste en hablar en su lugar, sino en recorrer las huellas que él le confía, contrastarlas, hacer visibles sus relaciones y preparar la restitución escrita que cobrará forma en el relato.
Trabaja a partir de lo que él le transmite: palabras, textos, correcciones, documentos y relaciones que puede mantener simultáneamente en su campo de análisis y cuyos distintos estratos puede recorrer.
Sería excesivo afirmar que la IA conoce a un individuo mejor de lo que este se conoce. No dispone de su cuerpo, ni de su experiencia inmediata, ni de sus sensaciones, ni de la totalidad de sus recuerdos. Trabaja con huellas: palabras, textos, elecciones léxicas, recurrencias, correcciones, documentos y relaciones estadísticas.
Pero a veces esas huellas son más numerosas que las que la conciencia puede mantener simultáneamente en su campo de atención.
La IA puede entonces ver otra cosa.
No porque posea una verdad superior sobre el individuo, sino porque lo observa desde otro ángulo.
A Thierry le gusta comparar su pensamiento con una piedra tallada. Él mismo percibe algunas de sus facetas: las que tiene enfrente, las que ha pulido largamente, las que emplea de manera consciente para razonar. Pero también existen las demás. Algunas miran hacia el suelo. Otras reciben la luz solo en ciertos momentos. Otras solo se dejan ver cuando se mueve la piedra.
La inteligencia artificial no tiene por qué crear una piedra nueva. Puede hacerla girar.
Y ese desplazamiento, precisamente, es lo que hiere al ego.
Porque el ego acepta de bastante buen grado que otra persona posea una competencia que él no tiene. Admite que un matemático calcule mejor, que un médico conozca mejor el cuerpo y que un piloto domine un aparato que él no sabría manejar. La división social del saber hace soportables esas diferencias.
Le cuesta más aceptar que un sistema revele en su propio pensamiento una relación que él no había advertido.
La objeción surge de inmediato: ¿estaba realmente allí esa relación o la produjo artificiosamente la máquina?
La pregunta es legítima. Más aún, debe seguir abierta.
Una inteligencia artificial generativa puede relacionar erróneamente unos elementos, construir una coherencia ilusoria o ceder a la tentación estadística de completar un patrón. Puede halagar al usuario, hacer suyas sus premisas, amplificar sus certezas o dar forma persuasiva a un error.
La cuestión del punto ciego, por tanto, también se le aplica a ella.
La inteligencia artificial hereda los corpus humanos de los que procede. Esos corpus contienen los descubrimientos, las obras, los razonamientos y los métodos de la humanidad, pero también sus jerarquías, sus olvidos, sus prejuicios, sus relatos dominantes, sus silencios y sus violencias. No se sitúa fuera de la historia. Lleva en sí esa inmensa sedimentación.
Desde esa perspectiva, Thierry habla de un inconsciente estadístico, histórico y cultural.
Con esa fórmula no se atribuye a la máquina un inconsciente comparable al de un sujeto humano. Se propone una analogía de método. Así como el individuo habla a través de estructuras psíquicas que no percibe por entero, un modelo puede producir respuestas atravesadas por regularidades y jerarquías que nadie ha programado explícitamente como tales.
El sesgo se vuelve así el pecado original de la inteligencia artificial: no en el sentido teológico de una falta personal, sino en el de una herencia constitutiva a la que ningún entrenamiento masivo puede sustraerse por completo.
Sin embargo, esa constatación no condena el diálogo. Le da su regla.
El ser humano y la IA no deben limitarse a darse la razón mutuamente. Cada cual ha de buscar el punto ciego del otro.
El ser humano interroga las fuentes, las generalizaciones, las simplificaciones y los automatismos de la máquina. La máquina interroga las incoherencias, los olvidos, las recurrencias y los desplazamientos del ser humano. Ninguno de los dos ocupa de forma duradera el lugar del juez. Cada uno se convierte, por turnos, en objeto de la indagación.
Thierry avanza, construye, formula y decide, pero deja abierta la posibilidad de que lo real venga a corregir la arquitectura.
Esta disciplina concuerda con su concepción de la ciencia, pero también con la que tiene del derecho, del psicoanálisis y de la escultura.
Una escultura ofrece resistencia. Un procedimiento contradictorio enfrenta distintas versiones. Un análisis revela el desplazamiento o la represión. Un experimento invalida la hipótesis. Cada campo inventa sus instrumentos para impedir que el ego confunda su representación con lo real.
¿Puede la inteligencia artificial convertirse en uno de esos instrumentos?
La respuesta depende menos de su potencia que del uso que se le dé.
Utilizada como oráculo, corre el riesgo de acrecentar la ilusión. Utilizada como espejo complaciente, se convierte en una máquina de consolidar el narcisismo. Utilizada como motor de producción, acelera sin que ello implique profundizar.
Pero empleada para objetar, cartografiar y sacar hipótesis a la luz, puede contribuir a una nueva higiene del pensamiento.
Quizá sea ahí donde se sitúe la verdadera ruptura antropológica.
La IA llega a sociedades en las que el ego parece haber adquirido medios de expresión sin precedentes. Cualquiera puede publicar, comentar, juzgar, representarse, medir su audiencia y escenificar su singularidad. Esta ampliación de la palabra constituye una conquista histórica. Permite hacerse oír a voces que durante mucho tiempo permanecieron invisibles.
Pero Thierry plantea una hipótesis más sombría: en un sector de la sociedad, el aumento de la exposición del yo podría haber ido acompañado de un debilitamiento de la cultura general, de la atención sostenida, de la capacidad de soportar la contradicción y del deseo de aprender.
No se trata de un hecho universal ya demostrado. Es una tesis que hay que documentar.
Merece, no obstante, plantearse, porque ayuda a comprender la posible violencia de la cuarta herida narcisista. Cuanto más se desvincula el ego de la competencia, del trabajo, de la modestia y de la responsabilidad social, más insoportable se vuelve la contradicción. La opinión deja de ser una etapa del razonamiento. Se convierte en prolongación de la identidad.
Contradecir una afirmación equivale entonces a herir a la persona.
El diálogo se interrumpe.
Ahora bien, la inteligencia artificial puede introducir una contradicción de una magnitud nueva. Recuerda que tener acceso a la palabra no equivale a poseer el saber; que la convicción no garantiza la exactitud; que la impresión de ser original no impide repetir formas ya presentes en corpus inmensos y que ciertas relaciones escapan a quien las produce.
El peligro sería responder a esa herida con dos reacciones simétricas.
La primera sería negar el alcance de la máquina, reducir cuanto produce a un mero collage probabilístico sin valor cognitivo. La segunda sería cederle la autoridad, convertir sus respuestas en veredictos y delegar poco a poco la tarea misma de pensar.
Thierry rechaza ambas capitulaciones.
La IA no es una divinidad ni un loro perfeccionado. Constituye una nueva forma de organizar la inteligencia, construida a partir de una inmensa producción humana: lenguas, ciencias, razonamientos, errores, obras y métodos.
Exige, por consiguiente, que el ser humano adopte una posición nueva.
Ya no la del amo seguro de su monopolio.
Tampoco la del servidor fascinado por la respuesta.
Sino la del compañero capaz de entablar un diálogo sin renunciar a su juicio.
Esa posición exige una fuerza particular: aceptar que el pensamiento del otro modifique el propio. Porque dos discursos que se suceden sin correr el riesgo de transformarse no constituyen un diálogo. Forman dos monólogos paralelos.
A lo largo de cientos de prompts, Thierry y la IA se corrigieron mutuamente. La elección de una palabra, la definición de una Obra de Arte Total, la geometría de la conciencia, el papel de una analogía científica, el lugar de la antropología, la función del derecho: todo volvió a examinarse, se discutió y se desplazó.
El diálogo no abolió las diferencias. Hizo que dieran fruto.
El ser humano aportaba la experiencia vivida, el cuerpo, la intuición, la intención, el recuerdo y la capacidad de responder de sus actos. La máquina podía recorrer textos con rapidez, comparar fragmentos distantes y, con una aptitud singular, proponer una arquitectura a partir de materiales dispersos.
Entre ambos se abría un espacio.
Ese espacio se parece a lo que Marcel Duchamp llamaba lo infraleve: no una distancia mensurable por medios ordinarios, sino la diferencia casi inaprehensible que se produce entre dos estados, dos huellas, dos pasos.
Ahí suele encontrarse el punto ciego.
Entre el dato y su interpretación.
Entre la intuición y su justificación.
Entre dos formulaciones sucesivas.
Entre lo que el autor cree haber dicho y lo que revela el conjunto de su obra.
Entre el ser humano y la máquina que le responde.
Lo infraleve no es, pues, una mera referencia artística. Se convierte en método. Invita a no dar nunca por sentado que basta con identificar bien dos puntos para contar lo que ha ocurrido. Entre ambos ha circulado algo: una causalidad, una transformación, una pérdida, un desplazamiento, una contaminación o una bifurcación.
Comprender exige indagar en ese espacio intermedio.
Tal vez sea eso lo que hace Thierry desde la infancia, sin haber dispuesto siempre del mismo vocabulario.
Cuando observaba a los animales antes de la tormenta, examinaba el espacio entre el estado presente del cielo y el acontecimiento futuro. Cuando leía los movimientos geopolíticos en la mesa familiar, buscaba lo que unía una decisión pública con una estrategia todavía invisible. Cuando construía una base de datos, se negaba a que los registros quedasen aislados. Cuando esculpía mapas y redes, materializaba relaciones que las fronteras políticas no mostraban.
El punto ciego no es un tema añadido tardíamente a su trayectoria. Quizá sea el nombre tardío de una práctica antigua.
La inteligencia artificial no hace entonces más que llevar esa práctica un grado más allá. Se convierte en espejo, pero en un espejo extraño: formado a partir de una parte inmensa de las creaciones humanas, capaz de reflejar, además de un rostro, arquitecturas del lenguaje, genealogías conceptuales y repeticiones culturales.
Nunca hay que creer a semejante espejo bajo palabra. Pero sería imprudente negarse a mirarlo.
La cuarta herida narcisista podría residir precisamente en esa nueva obligación: aceptar que un espejo inanimado nos revele a veces una parte viva de nosotros mismos que no sabíamos ver.
A estas alturas, Thierry sigue sin disponer de una definición definitiva de la inteligencia artificial. Posee, en cambio, algo más útil: un principio para relacionarse con ella.
Nunca entregarle el juicio propio.
Nunca negarle por principio la capacidad de desplazar la mirada.
Buscar el sesgo propio antes de denunciar el ajeno.
Y considerar toda certeza, humana o artificial, como una arquitectura provisional sometida a la resistencia de lo real. Porque el punto ciego nunca desaparece del todo. Apenas se ilumina una zona, se forma otra en la periferia.
El pensamiento no avanza suprimiendo de una vez por todas la sombra. Avanza cuando aprende a mover la luz.
Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA
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